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27 enero 2019
La conquista del Oeste en tren: de Chicago a Los Ángeles sobre raíles
De los rascacielos de Chicago a las marismas californianas en tren: una ruta de 3924 km y más de 50 horas con escenarios que definen el carácter de Estados Unidos.
David Granda
Tiempo de lectura 12 minutos
Chuck Berry y sus odas rockeras a las autopistas, Jack Kerouac y la mitificación de la generación beat de la Ruta 66, el cine con su propio género consagrado al asfalto, las road movies. Frente a la profunda cultura de carretera estadounidense, con el automóvil como tótem de la identidad adulta, los viajes en tren son una rareza. El ferrocarril se reserva para el transporte de mercancías, no de personas. Con todo, Hank Williams, el padre de la música country, le dedicó una canción a nuestro California Zephyr.
El California Zephyr es una de las rutas de ferrocarril más colosales del mundo. Desde 1949 une Chicago, la ciudad que inventó los rascacielos, con la bahía de San Francisco en un viaje de 2.438 millas (3.924 kilómetros). Aquí, en la confluencia de Michigan Avenue con East Adam Street, arranca también la Ruta 66, cuyo recorrido original por ‘la Carretera Madre’ (the Mother Road) hasta Los Ángeles cubría solo diez millas más, 2.448 (3.940 kilómetros).
Para apreciar la extensión del viaje, la Península Ibérica no es útil como referencia, demasiado pequeña, hay poco más de mil kilómetros de norte a sur. Podría compararse con un Madrid-Moscú, pero sólo por la distancia, porque no hay trenes que hagan semejante recorrido. Tras dejar Union Station en Chicago, el California Zephyr atraviesa los estados de Illinois, Iowa y Nebraska en la región del Medio Oeste norteamericano, Heartland, el Corazón del País.
Es el vasto territorio de las Grandes Llanuras, con sus postes de teléfono de madera, sus granjas agrícolas y sus ranchos de coo- perativas indias dedicadas a la cría delbisonte. Cuando Chicago se preparaba para levantar los primeros rascacielos, aquí los colonos recién llegados en la década de 1860 construían casas de barro.
En el pasaje hay chicos que leen ediciones gastadas de bolsillo de obras de James Baldwin (Otro país, 1962) y Joan Didion (Arrastrarse hacia Belén, 1967), familias del interior de Illinois, un profesor con gorra y bermudas que luce una camiseta que dice In Science We Trust o un elegante caballero inglés que viaja hasta Salt Lake City para recoger una camioneta pickup de 1952 (Ford Serie F1) que se acaba de comprar en internet.
Los viajeros que hagan la ruta completa hasta California pasarán 51 horas en el tren. Es la diligencia del siglo XXI. Tras 19 horas en el tren y 1.670 kilómetros llegamos a Denver. El convoy se detiene en Union Station en el Downtown de la ciudad, una estación luminosa, sin ajetreo, recién renovada, que ha creado un barrio moderno a su alrededor.
Se respira aire fresco de montaña. La capital de Colorado recibe el apodo de Mile-High City porque su altitud es exactamente una milla (1.609 metros). Fue fundada en 1858 como un pueblo minero durante la fiebre del oro y está ligada al tren tanto como al metal: rutas como la del California Zephyr pusieron a Denver en el mapa.
También es una ciudad literaria por sus vínculos con la generación beat, no sólo por el protagonismo que tiene en la novela de Jack Kerouac, En el camino. Cuando no estaba en la cárcel, Neal Cassady pasó su adolescencia en Larimer Square, y guió por los bares de la ciudad a Allen Ginsberg y al propio Kerouac.
Si de su Larimer Square sólo permanece reconocible la arquitectura victoriana, hay dos lugares sagrados que permanecen identificables: My Brother’s Bar y el histórico edificio The Morey Mercantile Building, el cual fue diseñado por los mismos arquitectos que firmaron Union Station, que hoy alberga en los bajos la mejor librería independiente de Colorado, Tattered Cover.
Denver se ha destapado como una pequeña San Francisco en mitad de las grandes praderas de EE.UU., con las Montañas Rocosas en el horizonte en lugar del océano Pacífico.
Para integrarse en su vida social hay que saber esquiar. También apuesta por el arte. En un palmo de terreno están el soberbio Denver Art Museum, el Kirkland Museum of Fine and Decorative Art y el Clyfford Still Museum, inaugurado en 2011 para albergar la colección de uno de los máximos exponentes del movimiento expresionista abstracto.
A 25 kilómetros del centro se encuentra el anfiteatro de Red Rocks, un fenómeno geológico con una acústica única en el mundo donde se celebran conciertos al aire libre a 2.000 metros de altitud desde 1941.
Curiosamente, el único concierto de los Beatles que no agotó todas las entradas durante su gira estadounidense de 1964 fue el de Red Rocks. La entrada costaba 6,60 dólares
Volvemos a Union Station. A tan sólo dos horas de Denver aparece el espectáculo de las Montañas Rocosas. Llega el momento de dejar el tren por unos días y subirse a un coche para comenzar un road trip. Un viaje por carretera dentro del viaje.
Aquí está el vertiginoso Trail Ridge Road (US Route 34), la carretera asfaltada más alta de Estados Unidos. Desde Grand Lake, un pueblo de apenas 500 habitantes a las puertas del Parque Nacional de las Montañas Rocosas, la carretera empieza a ascender por bosques profundos hasta cruzar el Milner Pass, que marca la divisoria continental de América a 3.279 metros de altitud, y alcanza los 3.713 metros en su punto más elevado.
Atraviesa el corazón de las Montañas Rocosas entre algunos de los escenarios más asombrosos del país, paisajes de nieves perpetuas, circos glaciares y tundra alpina donde no habitan los árboles, y desciende por la vertiente orien-tal de la cordillera hasta el pueblo de Estes Park, en el condado de Larimer, la puerta de entrada oriental a las Rocosas.
En total, son sólo 77 kilómetros. Si se madruga, el mejor tramo para el avistamiento de alces está en las praderas montañosas de Kawuneeche Valley (‘el valle del coyote’ en la lengua arapaho, perteneciente a los nativos norteamericanos que vivían en las faldas de las Montañas Rocosas).
De vuelta en Grand Lake, se pueden preparar rutas de senderismo hasta Adams Falls, salir a cabalgar junto al curso del río Colorado o navegar y pescar en el lago con las aguas más profundas.
Regresamos al tren en la estación de Granby, todavía en el condado de Grand pero unos kilómetros al norte de Fraser. Como si a la diligencia la hubieran atacado los indios,
el tren llega con cuatro horas de retraso a Granby.
El California Zephyr está lejos de la sofisticación y la puntualidad de los shinkansen (los trenes bala japoneses), y llega a los pueblos perdidos de Colorado con demoras bíblicas. La estación se convierte en tu segunda casa.
Espera un viaje de 30 horas hasta California, pero el tramo que sigue hasta Glenwood Spring es uno de los viajes en tren más hermosos de Norteamérica. “Quizá sólo superado por alguna de las rutas del tren Rocky Mountaineer que parten de Vancouver a las Rocosas en Canadá”, matiza el caballero inglés.
Nuestro convoy recorre 177 kilómetros de alta montaña en más de tres horas siguiendo el curso del río Colorado. El recorrido de los pioneros en la América de los western.
A bordo viaja un grupo de amish con su vestimenta a la moda del siglo XVIII (sin botones, demasiado modernos). Ellas con su cofia, ellos con sus barbas sin bigotes porque les recuerdan a las sangrientas persecuciones que sufrieron por parte de los bigotudos colonos ingleses en el continente americano.
Viven y labran la tierra sin maquinaria moderna, pero viajan en tren. “Porque tiene ruedas, como los carruajes y las diligencias”, explica Brad Swartzwelter, el responsable de todo lo que pasa en el convoy en el segmento entre Denver y Grand Junction. Originario de Boulder, Colorado, buen conversador, desde hace diez años realiza el mismo trayecto un par de veces por semana. “Poco más de mil millas, poca cosa”, dice mientras vemos por la ventana cómo unas canoas sortean los rápidos del río Colorado.
¿Por qué subirse a un tren de larga distancia en EE.UU.? “La gente no viaja en tren porque sea el medio más conveniente o el más económico o el más rápido. Lo hace por el placer de viajar en tren”, responde Brad, un apasionado del ferrocarril. De hecho, es el autor del libro Faster than Jets. A solution to America’s Long-Term Transportation Problems. Y tiene razón. La mayoría del pasaje hace el viaje de ida para vivir la experiencia en el tren, pero regresará a su destino en avión o por carretera.






