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2 agosto 2013

 

La soledad del maquinista

Periodista de profesión, manchego de devoción. Ha pasado por RNE, COPE, Onda Cero y Punto Radio, donde dirigió “Protagonistas”

Félix Madero

 

Francisco José Garzón / Getty

Francisco José Garzón / Getty

Si lo humano fuera la medida de todo, uno de los nuestros -Francisco José Garzón- no estaría hoy tan solo. Pase lo que pase con él, el conductor del Alvia no tiene vida por delante, y la que la biología le permita será siempre imperfecta.

Si lo humano, si lo más rabiosamente humano que es nuestro imperfecto existir, fuera la medida de todo, uno de los nuestros -y ya sé que hay "nuestros" semejantes a alimañas, pero nuestros al fin y al cabo- pongamos que el maquinista Francisco José Garzón no estaría hoy tan solo. Veamos. No es un asesino, no parece a día de hoy que sea un conductor temerario de la alta velocidad, no es un tipo esquinado, no es un borracho ni es un  frívolo que hace crucigramas mientras lleva una máquina a 200 a la hora con unos centenares de personas a bordo. No es nada de eso, pero ahí está, sólo, esposado, tapando su mirada con unas gafas negras frente al juez. No quiere mirar. No quiere que le miren.

Pase lo que pase con él, no tiene vida por delante, y la que la biología le permita será siempre imperfecta, unida al recuerdo de 79 muertes. Ojalá remonte, pero Garzón es hoy, y me temo que mañana, un guiñapo humano que un día, vaya usted a saber por qué, tuvo un despiste, un error, unos segundos que se salieron de un guión perfecto durante los años que conduce trenes. Ay, la condición humana cómo nos perturba y empequeñece. Pero no a todos. Aún hay por ahí sinvergüenzas del periodismo y la opinión, tertulianos de a 100 euros la sesión, que piden cárcel para el maquinista, o que enseñan algo que Garzón colocó en una red social años antes del siniestro de Santiago. Hay días en que siento alivio al comprobar que estoy más cerca de la jubilación que mis comienzos de periodista. Pero ese es otro asunto.

Sea lo que sea el maquinista, hoy es un hombre solo, como el de aquella canción preciosa y delicada de Neil Diamond, Solitary man. Nadie lo reclama. Si tiene amigos, no aparecen. Si tiene familia, no la vemos. Por no tener no tuvo el lunes el calor del arzobispo de Santiago Julián Barrio. En una homilía plumbea y de circunstancias -cuándo se ganarán los prelados el sueldo, cuándo se prepararán de verdad una homilía para ocasiones como esta-, el obispo compostelano se colocó en lo evidente: hay otra vida, estos son los designios de Dios y todo eso que suena a plática de sacristán de pueblo. Y sin embargo, no hubo unos segundos para el maquinista del Alvia, ese hombre cuyo dolor ha de ser como mínimo tan hondo como el de los familiares. Por eso José Garzón  cuando un vecino de Angrois le atendía segundos después del accidente le decía que se quería morir: Pobres pasajeros, yo debería ser uno de los muertos. Por esos segundos después de la catástrofe decía a sus compañeros de control en Atocha: Somos humanos, somos humanos. Por eso lloró ante el juez una y otra vez. Por eso y por más cosas que sólo este hombre sabe su vida a partir de ahora se parecerá a otra vida, a otra cosa que quizá cueste mucho llamar vida. Garzón se equivocó, se confundió, se despistó. Y yo, que he sufrido al ver la cara de los familiares, sufro imaginando este momento que nunca pudo imaginar.

Leo constantemente y a trocitos, para que no se me gaste, un libro maravilloso del poeta y novelista polaco Adam Zagajewski (En la belleza ajena, Ed. Pre-Textos) en el que el autor busca razones para empatizar con los judíos durante la Segunda Guerra Mundial: Pero la medida de su humanidad era precisamente ésa, su imperfección y su fragilidad, que yo compartía de modo tan perfecto con ellos. Bien, el escritor lo explica mejor que yo. Yo, que el día el accidente me sentí como un muerto más, como un familiar sin hijo o sin padre. Yo que hoy también me siento Francisco José Garzón. Me une a él la imperfección y la fragilidad. A fin de cuentas somos eso, humanos. Somos humanos. El maquinista, también.

Sea lo que sea el maquinista, hoy es un hombre solo. Nadie lo reclama. Si tiene amigos, no aparecen. Si tiene familia, no la vemos

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