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diariovasco.com

25 noviembre 2018

Cultura

Protagonistas del pasado vagonero de Gipuzkoa

Un libro recupera la historia centenaria de la empresa Herederos de Ramón Múgica, que comenzó a construir vagones en plena Primera Guerra Mundial y, a base de innovación y capacidad de adaptación, permaneció en activo hasta 1992

Gran parte de la plantilla de Herederos de Ramón Múgica posa en 1966 con 'el ciempiés', un vagón diseñado para poder transportar grandes cargas. /ARCHIVO FAMILIA OHLSSON
Gran parte de la plantilla de Herederos de Ramón Múgica posa en 1966 con 'el ciempiés', un vagón diseñado para poder transportar grandes cargas. / ARCHIVO FAMILIA OHLSSON
NEREA AZURMENDI Viernes, 23 noviembre 2018, 10:22
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En la actualidad, Beasain es, por definición, la villa vagonera guipuzcoana, y la CAF (Compañía Auxiliar de Ferrocarriles), fundada en 1917, la empresa que le otorga ese título. Eso, sin embargo, no siempre ha sido así. En la década de los años 20 del pasado siglo, por ejemplo, hasta cinco empresas fabricaban en Gipuzkoa vagones y otro tipo de elementos para un medio de transporte que, en aquel momento, miraba con desdén al que terminaría por poner en cuestión su primacía: el transporte por carretera.

Una de las más importantes, y, con excepción de la CAF, la más longeva, fue Herederos de Ramón Múgica. Tuvo fábricas en San Sebastián e Irun, donde, gracias a su capacidad de adaptación, mantuvo la actividad hasta 1992. Las fábricas cerraron, pero Herederos de Ramón Múgica no ha desaparecido del mapa.

«Muchos de sus vagones siguen circulando. Hace poco he estado en los talleres de mantenimiento que Renfe tiene en Miranda de Ebro y he visto bastantes», asegura el historiador Juanjo Olaizola Elordi, director del Museo Vasco del Ferrocarril de Azpeitia, dependiente de Euskotren, que ha recuperado la historia de una de las joyas del pasado vagonero de Gipuzkoa en el libro 'Herederos de Ramón Múgica. Fábrica de vagones San Sebastián-Irun'.

El libro de 224 páginas, que ha sido editado por Maquetren, está profusamente ilustrado (cuenta con más de 400 imágenes) y documentado, y no le faltan al relato historias sorprendentes.

Probablemente, el más sorprendido por las iniciativas de sus herederos sería el propio Ramón Múgica Echeverría, un emprendedor tolosarra nacido en 1843 que, como otros muchos industriosos guipuzcoanos, trasladó sus negocios a San Sebastián atraído por el boom inmobiliario que se produjo como consecuencia del derribo de las murallas y el rápido desarrollo de la ciudad.

 

Juanjo Olaizola Elordi, director del Museo Vasco del Ferrocarril y autor del libro, con la torre de Atotxa al fondo. La elección del escenario no es casual.
Juanjo Olaizola Elordi, director del Museo Vasco del Ferrocarril y autor del libro, con la torre de Atotxa al fondo. La elección del escenario no es casual. / MÓNICA RIVERO

Ramón Múgica, que para cuando decidió trasladarse a San Sebastián ya se había casado con Eusebia Leceta y había tenido sus tres primeros hijos, se estableció en Gros, y en 1878 empezó a construir su factoría en los solares que compró junto a la 'carretera para Irun' (así figura en los planos), actual calle Miracruz. Cuando terminó de establecerse, el membrete del 'contratista de obras' tolosarra mostraba en toda su extensión el alcance de la 'carpintería mecánica y almacenes de maderas' de las que era propietario mostrando, con detallados dibujos, los talleres, el almacén de hierros y construcciones metálicas, los almacenes y secaderos de madera en Herrera, el descargadero de la estación del Ferrocarril del Norte, cerca de la plaza de toros de Atotxa...

Ramón Múgica fue el primero en fabricar persianas enrollables en España, y convirtió aquel innovador producto de origen británico en uno de los pilares del crecimiento de su empresa

Su objetivo no era otro que proveer a los constructores de todo lo que necesitaban para equipar los edificios que iban dando forma a la nueva ciudad, que crecía hacia el sur gracias al desarrollo del Ensanche de Cortázar. Elementos de madera para la construcción, puertas, ventanas, molduras, puertas giratorias y....persianas enrollables, que supusieron toda una revolución doméstica. Ramón Múgica fabricó y vendió, de hecho, las primeras persianas enrollables de España, implantando y extendiendo un sistema inglés que protegió con su propia patente. Las más de 40 patentes que registró la empresa a lo largo de su historia dan la medida del carácter innovador de la saga.

Atotxa y la Peña Mujika

Su fundador, Ramón Múgica, falleció en 1907, dejando viuda y cinco hijos (tres hijos y dos hijas), que quedaron muy bien cubiertos, puesto que había amasado una considerable fortuna y había diversificado sus inversiones. No conoció, por tanto, ni la nueva fábrica de Atotxa; ni a su nieto Gabriel Múgica Celaya, ingeniero cuando se apellidaba Múgica, poeta cuando optó por el Celaya; ni la época de esplendor de los vagones que harían conocidos a sus herederos.

El traslado a Atotxa no fue fruto de la casualidad, sino del cambio que estaba experimentando Gros, donde los edificios residenciales estaban desplazando a zonas más periféricas a fábricas y talleres. Aprovechando varias circunstancias favorables, entre ellas el derribo de la plaza de toros que se había construido en la zona baja del barrio de Egia, empezaron a construir en 1912 una nueva fábrica en la que, en principio, no tenían previsto cambiar de actividad.

 

La Peña Mujika debe su nombre a la denominación que recibía el fondo sur de Atotxa, 'bautizado' a su vez a causa de la proximidad de la fábrica de Herederos de Ramón Múgica

Casi al mismo tiempo se iba construyendo en el solar vecino, que hasta entonces habían ocupado los viveros municipales, un campo de fútbol de titularidad también municipal, en el que jugaría la Real Sociedad hasta 1999. El campo de Atotxa se inauguró en 1913, y estaba prácticamente incrustado en terrenos de la factoría, cuyas obras terminaron en 1914. En el libro, Olaizola relata cómo Gabriel (Múgica) Celaya recordaba que su padre, Luis Ángel Múgica Leceta, solo devolvía los numerosos balones que se colaban en la conserjería de la fábrica, con la consiguiente rotura de cristales, previo pago de cinco duros.

Aunque para cuando nace la Peña Mujika en la temporada 1979/80 la fábrica ya no existía, puesto que se derribó en 1968 para dar paso a la torre de Atotxa, la peña heredó el nombre de la zona del campo desde la que seguían los partidos, el fondo sur, la zona pegada a la fábrica de los hermanos Múgica.

Olof Ohlsson y los vagones

Volviendo al punto previo a la digresión futbolística, la nueva fábrica se puso en marcha con una panoplia de productos que, más allá de la proximidad con la estación, no mostraba ninguna tendencia ferroviaria. De hecho, los vagones no entraron en los planes de los herederos de Ramón Múgica hasta que se cruzaron en sus vidas un ingeniero sueco y la Primera Guerra Mundial.

En 1909, Pepita Múgica Leceta se había casado con Olof Ohlsson Persson, nacido en Suecia pero formado en Alemania, que era el director de los talleres de la fabrica de vagones que tenía en Beasain la Sociedad Española de Construcciones Metálicas, donde trabajaba desde 1903.

En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y, aunque sus primeros compases no solo no revitalizaron el poderoso sector ferroviario español, sino que lo sumieron en una profunda crisis, las necesidades bélicas derivadas de una guerra más larga de lo previsto hicieron que, a partir de la primavera de 1915, los pedidos aliados, sobre todo franceses y belgas, llovieran sobre la neutral España.

Cuando Olof Ohlsson, casado desde 1909 con una hija de Ramón Múgica, fue despedido de la fábrica de Beasain en la que trabajaba, decidió aprovechar el potencial de la empresa de su familia política

En tan solo unos meses de 1915, a los talleres de Beasain les encargaron cerca de 5.000 vagones. A condición, claro está, de que desaparecieran todo lo que oliera a Tripe Alianza y no quedara ningún trabajador relacionado con el imperio alemán o el austrohúngaro. Como recuerda Olaizola, «Ohlsson procedía de Suecia, un país tan neutral como España, pero su formación era completamente alemana, y había llegado a Beasain de la mano de los alemanes». Por lo tanto, sobrevivió a la primera criba pero, las suspicacias unidas a los problemas que surgieron ante la incapacidad de la fábrica para cumplir las fechas de entrega, acabó siendo despedido y sustituido por un francés de confianza.

Ohlsson empezó entonces a interesarse por el potencial de la empresa familiar, se integró en la misma y la encarrilóhacia la industria vagonera. Así, sin abandonar las actividades iniciales -por ejemplo, siguieron haciendo trabajos de carpintería industrial por todo España-, durante casi ocho décadas los herederos de Ramón Múgica fabricaron todo tipo de vagones y cisternas, tanto para el transporte ferroviario como para para el transporte por carretera. Las reparaciones de material ferroviario fueron también una importante área en la actividad de la empresa.

«Una empresa muy innovadora»

Empezaron, a comienzos de 1916, reciclando unos viejos vagones de viajeros de la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, convirtiéndolos en vagones cerrados para el transporte de mercancías. Fue un modo de iniciarse en un nuevo sector, en el que trabajaron tanto para pequeñas empresas construyendo 'vagones particulares' como para compañías que les hacían grandes pedidos. 

Hicieron alguna incursión posterior en los vagones de viajeros, pero desistieron y se centraron en las mercancías.

Mercancías de todo tipo para las que construyeron vagones de toda condición: de plafaforma; vagones 'foudre' que fueron su especialidad e, inicialmente, eran poco más que cubas rodantes (las ilustraciones del libro son un muestrario de bodegas conocidas...); cisternas para aceite; para vino; para productos químicos; para mercancías peligrosas; vagones jaula; vagones frigoríficos; tolvas...

Para hacerse una idea, en 1928 la fábrica de Atotxa tenía 270 productores, y de sus naves salieron «12 coches y 242 vagones de nueva construcción». Sobrellevaron la crisis de los años 30, la Guerra Civil, los años de escasez y racionamiento de la posguerra, la crisis de los 70, el desmoronamiento industrial de los 80... «Eran capaces de hacerlo casi todo, y de dar soluciones punteras a las nuevas necesidades que se planteaban. La especialización y la innovación les permitieron mantenerse y seguir avanzando mientras otros se quedaban por el camino», destaca Juanjo Olaizola.

 

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