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11 abril 2013

RELATOS FERROVIARIOS

El tren de Michelin

Los creadores de la firma de neumáticos intentaron llevar su producto al ferrocarril y engendraron un automotor con ruedas de caucho que aún funciona en Madagascar
10.04.13 - 17:59-
MIKEL ITURRALDE/@MikelItu |

La noche es inacabable; mucho más duradera aún cuando el sueño te abandona. El ruido y el traqueteo imparable hacen más acuciante el malestar del insonmio. Y, a medida que pasa el tiempo y el cuerpo sigue sin encontrar su espacio para abandonarse a la inconsciencia, ese efecto descarga demoledor el golpe que conduce al enojo ante esa infernal estridencia que taladra el cerebro e impide el sosiego y la paz para alcanzar, por fin, el descanso. Es justo en ese momento cuando la idea, ese bosquejo escondido en lo más recóndito del pensamiento, se abre paso y acaba por lograr la vigilia. ¿Y si se consigue amortiguar el ruido y se reducen las sacudidas y el zarandeo?

André Michelin se hizo la pregunta durante uno de sus habituales viajes nocturnos EN TREN entre París y Cannes. Y con el insonmio le sobrevino la imagen. Un neumático entre la llanta y la vía eliminaría el continuo golpeteo, suavizaría la suspensión y aumentaría la adherencia. El patrón de la firma francesa de cubiertas, que ya se había hecho con el mercado de bicicletas, automóviles y aviones, fijó su objetivo inmediato en el ferrocarril. Puede ser sólo una leyenda, pero lo cierto es que en 1929 Michelin lanza el primer prototipo de tren con ruedas de caucho, realizado a partir de un automóvil Renault 40 CV.

Michelin es algo más que una marca de neumáticos; se percibe como una de las firmas más prestigiosas que produce artículos de gran éxito en la industria francesa. En sus orígenes, se limitaba a la fabricación de pelotas de caucho, aunque en poco tiempo se convirtió en fuente privilegiada de buenas ideas e inventos que revolucionaron la vida cotidiana en todo el mundo: neumáticos desmontables para las bicicletas (1891), mapa de carreteras (1905), neumático radial, la guía turística… Vinculada en su historia centenaria a productos relacionados con el automóvil y la carretera, ha creado, además, algunos de los iconos mundiales por el que se reconoce a la prestigiosa entidad en todo el planeta. La famosa guía gastronómica, cuya puntuación con estrellas provoca el éxito o el fracaso de cientos de restaurantes del mundo entero que se pelean por asomarse a este vademécum de los sentidos, o el personaje que ha dado nombre a la grasa superflua del cuerpo. El muñeco, bautizado en Francia como 'Bibendum', es conocido en los países de habla hispana con el nombre de la casa 'Michelin'.

El muñeco

De aspecto bonachón, el gigante de goma, cuyo cuerpo “lo componen una sucesión de canelones circulares inflados”, fue concebido en 1894 por un golpe mágico de inspiración de Eduardo Michelin, que, al contemplar una torre formada por los neumáticos, aseguró que, "si tuviera brazos, parecería un hombre". Su hermano André, el insomne del tren, comenzó a darle vueltas a la idea y encargó al ilustrador Marius Rossillon, que firmaba sus dibujos como O’Galop, que diera forma al esbozo. El artista creó un muñeco de abultado vientre y repleto de aire que brindaba con una jarra de cerveza, pero llena de clavos, al tiempo que exclamaba, "nunc est bibendum... a votre santé!" ("¡Es hora de beber... a su salud!"). La frase proviene, al parecer, de un verso de Horacio en latín que usaban los romanos para brindar. La palabra ‘bibendum’ quedaba en el cartel exactamente encima del muñeco y la gente pensó que ése era su nombre; y así comenzaron a llamarlo. El bautizo definitivo se atribuye al piloto de coches Charles Thery, quien durante una carrera recibió a André Michelin con la frase "aquí viene Bibendum".

Esta pomposa figura, estilizada con el paso del tiempo, ha propiciado la imagen universal de la compañía que los hermanos Eduardo y André fundaron en 1832 en Francia. Dedicados inicialmente a fabricar goma, pronto se iniciaron en la producción de cubiertas. En 1891 introdujeron el primer neumático desechable y, luego, casi sin parar mientras el mundo evolucionaba a marchas forzadas, desarrollaron una serie de innovaciones como el aro removible y el neumático radial. En los años 20, las carreras de coches en Estados Unidos acabaron por dar universalidad a la figura oronda nacida en Francia, cuya fama conquistó los cinco continentes, al mismo tiempo que se producía el avance y la expansión de la firma francesa.

El muñeco Michelín, habitual durante muchos años en el techo de los camiones que circulaban por nuestro país, es, sin lugar a dudas, uno de los iconos del siglo XX y uno de los símbolos publicitarios más famosos. Protagonista durante décadas de todo tipo de carteles y revistas, su presencia en los pasquines antiguos está muy cotizada y alcanza valores millonarios en las subastas especializadas.

El tren con neumáticos

El patrón de la firma de caucho cree que su invento es la solución ideal para las líneas de tren secundarias de su país, “que se utilizan poco debido a la baja velocidad de los vehículos y a la falta de flexibilidad de los horarios. Además, para transportar a pocos viajeros, se usa material muy pesado y, en consecuencia, su explotación es muy costosa”. El artilugio, bautizado como ‘La Micheline (que hoy en día sigue siendo sinónimo de ‘automotor’), pesa siete veces menos que el material ferroviario clásico, con el importante ahorro que ello implica.

Como no podía ser de otra forma, el prototipo de 1929 que los hermanos Michelin construyen a partir del Renault 40 CV es un híbrido; ni tren ni automóvil, sino una extraña mezcla de los dos vehículos. Iniciada la construcción en Clermont-Ferrand, al cabo de dos años, el exótico artilugio comienza una amplia gira de promoción por casi toda Europa (Reino Unido, Noruega, Suecia, Bélgica, Holanda, Suiza, Italia, Austria, Hungría, Checoslovaquia y Polonia) y Estados Unidos. Pero sólo consigue interesar a algunas compañías locales tanto en la metrópoli como en algunas de las colonias francesas, que firman con la compañía Michelin pedidos de cierta entidad. De los foráneos, el producto sólo tiene cierto éxito en los Ferrocarriles de Mozambique, aún dependiente de Portugal.

“El primer gran inconveniente al que hubo de enfrentarse era el del reducido peso que podían soportar los mejores neumáticos del momento, cifrado en unos 600/700 kilos, ya que la estrecha superficie de rodadura que ofrecían los carriles ferroviarios impedían el uso de neumáticos más anchos y de más capacidad portante, como los empleados en los camiones y autobuses. Este hecho motivó, por una parte, el desarrollo de vehículos con un gran número de ruedas (existieron Michelines con diez ejes por coche), mientras que, por otra parte, se estudió al máximo el aligeramiento del vehículo. Posiblemente éste sea el aspecto más importante de las investigaciones de Michelin, ya que un menor peso muerto por viajero transportado supone también un menor consumo y por tanto una mayor economía de explotación”. Juanjo Olaizola, uno de los mayores expertos en historia ferroviaria de este país, relata los problemas que los productores de neumáticos franceses encontraron para popularizar su artilugio.

Argelia, Congo, Indonesia y Madagascar se interesan por el producto y encargan a Michelin la fabricación de decenas de unidades, mientras que los ferrocarriles europeos reaccionan con indiferencia ante el nuevo artilugio, lo mismo que los americanos. Al parecer, según cuenta Juanjo Olaizola, en la Península Ibérica muestran cierto interés el Ferrocarril de Bilbao a Lezama y el de Lutxana a Mungia, pero la Guerra Civil impidió que cuajara el proyecto. La crisis económica, primero, y el conflicto bélico mundial, después, dificultaron la venta del artilugio de la firma de gomas, que sólo cuajó en pequeños ferrocarriles franceses y en algunas de sus colonias africanas.

La Micheline con otro de sus vehículos activos en Francia.

Los automotores de la firma de caucho fueron evolucionando mientras pasaron los años. En 1936 surgió 'La Micheline' de 100 plazas, que además disponía de otros 40 sitios para viajeros de pie y de capacidad para 1.500 kilos de maletas. Movida por un motor de 400 caballos, alcanzaba una velocidad máxima de 135 kilómetros por hora, aunque normalmente circulaba a 120. En 1937 había en Francia 90 unidades de 'La Micheline' en servicio y otras 10 en la red colonial. Este centenar de vehículos había recorrido en menos de cuatro años más de 14 millones de kilómetros, y muchos de ellos habían superado ya los 350.000.

Por las vías de Madagascar

Hasta finales de los años 30, la fábrica de Clermont Ferrand fabricó los bogies, así como la suspensión y la carrocería de unas 125 ‘Michelines’ que llegaron a circular en distintas líneas de Francia y en las colonias.

El invento cuajó especialmente en Madagascar, donde los automotores de la firma francesa enlazaban la capital Tananarive con el puerto de Tamatave, un trayecto de 369 kilómetros difícil, con rampas de 25 milésimas y gran número de curvas de radio inferior a los 125 metros. La primera 'Micheline', que llegó a la isla en 1932, completó el recorrido en 8 horas y 15 minutos; una sensible mejora frente al mejor tren de vapor que efectuaba el mismo viaje en 14 horas. Todo un logro y una satisfacción para los malgaches. “Gracias a la notable adherencia que proporcionaban sus neumáticos, los automotores de Michelin podían contribuir a reducir el tiempo de viaje al desarrollar mayores velocidades en las duras rampas que jalonan este trayecto”, explica Juanjo Olaizola, quien asegura que un año más tarde entraba en servicio una segunda 'Micheline'. Los buenos resultados animaron a los ferrocarriles de Madagascar a hacer dos nuevos pedidos en 1935 y 1938, respectivamente. Siete unidades llegaron a circular por la isla africana.

La carrocería, construida en aluminio y materiales muy ligeros, le daba un aspecto que se asemejaba más a un autobús. Funcionaban con motores de gasolina Panhard de 105 caballos y permitían viajar sentadas a 18 personas. De reducido peso (unos 6.200 kilos), solamente dos de los ejes del bogie delantero eran motores, mientras que los restantes eran portadores. El resultado de estos automotores debió de ser totalmente satisfactorio para los ferrocarriles malgaches, ya que en 1952 adquirieron tres nuevas unidades, en este caso fabricadas por el constructor francés Carel Fouché. Eran idénticas a las construidas veinte años atrás salvo la motorización, en este caso encomendada a un motor Panhard diesel de 80 CV, y algunos detalles menores.

Automotor de ruedas de caucho en el Museo Michelin..

La falta de repuestos llevó a los ferrocarriles franceses a la definitiva retirada del servicio de sus unidades con neumáticos en 1952, aunque los vehículos malgaches siguieron operativos hasta mucho después. En 1985 dejaron de circular en la isla (numerados como 516 y 517) los últimos automotores de este tipo debido al excesivo desgaste de sus ruedas. Otros dos vehículos supervivientes (514 y 515) habían sido cedidos a particulares, que los mantenían en uso como viviendas.

La multinacional francesa tuvo que hacer frente en los años 90 a una acuciante demanda: los coleccionistas reclamaban gomas adecuadas para sus valiosos vehículos. La antigua factoría de caucho crea en 1991 un departamento especial dedicado a la producción de cubiertas para este exigente tipo de clientes y, al tiempo, conocedora de la peculiar situación de los automotores malgaches, decide intervenir para recuperarlos. Los moldes originales se conservan en Clermont Ferrand, donde se emprende una producción especial en 1994 para que vuelvan a la vía los vehículos 516 y 517. Michelin patrocina la reconstrucción del coche 514, que descansa actualmente en el museo que la factoría mantiene en la capital de la región de Auvernia, en el centro de Francia (de vez en cuando, lo saca a la vía para una demostración de las peculiaridades de estas unidades). El cuarto vehículo (515) reemprende el servicio junto a sus gemelos. Las viejas 'Micheline' continúan todavía hoy haciendo recorridos turísticos en Madagascar.

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