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18 febrero 2014

CRITERIOS

SUPERCONFIDENCIAL ANDRÉS CHAVES

El tren de la ternura

18/feb/14 01:04

1.- En el verano de 1963 me invitaron a asistir a un campamento en la Universidad Laboral "José Antonio Girón de Velasco" , en Gijón, recién inaugurada por entonces. Un edificio bellísimo, casi imperial, donde a los 16 años asistí a un curso de entrenadores de baloncesto. No viene al caso lo del curso sino que el viaje lo hice, en tercera, en un tren correo, desde Cádiz, después de una travesía, también en tercera, en el "Ciudad de Sevilla". Yo viví entonces, en 24 horas de tren, mi propia película de la España negra. Los vagones de aquel convoy transportaban soldados que se iban quedando por el camino, al mando de sargentos y cabos mal encarados; guardias civiles con sus capas y sus naranjeros que vigilaban la ruta; y a una joven hermosísima, prostituta, que fornicó sin parar con medio tren, entrando y saliendo constantemente de los apestosos baños entre vagones; tirados por una locomotora de carbón que te ponía perdido, aunque en la época me parece que funcionaban las de gas-oil, más modernas y veloces.

2.- En medio de aquel trajín yo no entendía nada. Jamás había salido de mi casa sino a asistir a ejercicios espirituales, de los que me escapaba en coche pirata cuando me hablaban del infierno. Aquella joven se me quedó grabada; y sentí curiosidad por ella. En uno de sus recesos -de sus escasos recesos- entró en mi vagón a recomponerse la cara con un pequeño espejo y una mopa. Le pregunté su nombre y su lugar de origen: "Yo vivo en este tren", me dijo. Era bella: delgada, pálida, con unos ojos enormes que casi se le salían del rostro. "¿Y no te cansas?", le volví a preguntar, ingenuamente: "Sí, pero tengo 22 años, un hijo y por diez pesetas puedo dar mucha ternura; pero para ti, gratis". "No, no", le dije, "yo no...".

3.-. Aquella mujer, a la que veía ahora bebiendo de un porrón que un aguador le alcanzó por la ventanilla del tren de la ternura, no cruzó más palabras conmigo. Era la enésima estación perdida, quizá en un pueblo de La Mancha. Se fue a lo suyo, tras haber respirado un poco del aire libre de humos. Entonces me di cuenta de que estaba atravesando la España negra, la España miserable que aún no se había borrado de la radiografía de la postguerra. Parece que la estoy viendo. Llevaba una falda plisada verde y una camisa blanca, anudada a la cintura. Ah, se llamaba Lucía .

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