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12 marzo 2019

Así es el Transiberiano, la experiencia más singular que puedes vivir en tren

AVENTURA

 
Una parada técnica del Transiberiano a las afueras de Irkutsk. ALFONS RODRÍGUEZ3 comentariosVer comentarios
 
 

Pocos viajes despiertan una épica como esta vía férrea, la más colosal de todos los tiempos, que atraviesa 10.000 kilómetros de Moscú a Vladivostok. Realizarlo en invierno lo convierte en una experiencia superlativa

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La larga y chirriante culebra de hierro atraviesa ocho husos horarios. Tantos, que al final el viajero pierde la noción del tiempo y acaba por no saber la hora que es. Durante el invierno, en el interior de las tripas metálicas el calor es considerable mientras que fuera el frío congela los pensamientos. Los pasajeros se adormecen y se despiertan al ritmo de las estaciones donde se detiene el tren. Los árboles escapan en dirección contraria, entre la estepa alfombrada de blanco. El invierno siberiano es la guinda que convierte el recorrido en algo tan singular como teatral. Parece un viaje a través de un escenario gigantesco iluminado para la ocasión.

Pocos viajes quedan ya que desprendan una épica de las dimensiones del Transiberiano, la vía férrea más colosal de todos los tiempos. Desde su puesta en marcha en 1904 han ocurrido muchas cosas y no todas buenas. Ha tenido lugar una gran Revolución, la rusa; se ha explotado un territorio y un ecosistema hasta su extenuación; y se ha abierto al mundo una tierra antaño aislada, por remota y hostil.

 
Orillas heladas del lago Baikal. A. R.

Una tierra que fue poblada con la ayuda del tren pero que hoy registra un creciente despoblamiento. Cuarenta millones de habitantes en 13 millones de kilómetros cuadrados -el equivalente a veintiséis veces el territorio español, con casi la misma población-. Una tierra de carencias y aislamiento, insistimos, con un clima durísimo. Una tierra hostil de la que muchos tratan de escapar. Sergey es un militar de frontera que suele viajar en este tren. Su carácter está forjado con frío y soledad.

Las historias que cuenta entre vodka y vodka suelen ocurrir "en medio del bosque o en un camino solitario de la taiga", como la del oso, la del búho o la del hígado crudo. En la intimidad del vagón conoces personas a las que nunca abordarías fuera para entablar una conversación. El viajero no debería ver este viaje tan solo como un recorrido en tren de algo más de siete días ininterrumpidos. Hay que bajarse de él varias veces a lo largo de su ruta para aprender y experimentar sobre la desconocida vida y cultura siberianas.

Monje ortodoxo cuida de las velas en un templo de Ekaterimburgo. A. R.

Unos perros ladran al ver descender a los pasajeros en la pequeña estación de Druzhinino. Su exaltación dura poco: el frío y los avisos de las provodnitsas, las guardianas del tren, empujan a los pasajeros al interior del vagón. El Transiberiano parte de nuevo hacia el este y el silencio se adueña una vez más del lugar. Estaciones olvidadas se alternan con lugares que merecen una parada de al menos un par de días. Dejando Moscú atrás, una de las primeras recomendaciones podría ser Ekaterimburgo.

Esta urbe, una de las más pobladas de Rusia, junto a Novosibirsk, Irkutsk, Ulán Udé y Vladivostok, ya en el lejano Mar del Japón, conforman el quinteto más esplendoroso y urbanita del recorrido. Ciudades con ejemplos arquitectónicos de estilo soviético, catedrales históricas, monumentos a la gran madre Rusia, cultura, vida nocturna y, cómo no, los exponentes de lo que trajo la Perestroika, para bien y para mal, de la mano de Gorbachov: centros comerciales, restaurantes y cines.

Locomotora en desuso en un estación antes de alcanzar Novosibirsk. A. R.

Pero no todo son grandes ciudades, vale la pena hacer un alto en aldeas pequeñas y en lugares de paisajes espectaculares, sobre todo cuando en invierno la nieve los transforma en irreales. El tren devora kilómetros -escribía el chileno Pablo Neruda en su poema dedicado a este ferrocarril- y va dejando horas en el camino que se convierten en semilla. Para observar ese huidizo paisaje con calma basta detenerse, por ejemplo, en el lago Baikal y hundir los pies en la nieve que cubre la aldea de Gremyachinsk, a -30ºC.

Y, entre paso y paso, escuchar el sonido del viento mientras uno se desliza sobre la superficie helada de este lago, considerado el más profundo del planeta. Sobrecoge caminar sobre un hielo cristalino que parece, sólo parece, resquebrajarse con cada pisada.

Iglesia ortodoxa de la Sangre de todos los Santos, en Ekaterimburgo. A. R.

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