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ELPAIS.COM

18 noviembre 2013

“Me da miedo hasta ir en ascensor”

-A los cuatro meses de la tragedia de Angrois aún hay heridos ingresados y otros que no duermen porque solo ven cadáveres, pero todos apoyan la instrucción del juez Aláez

Santiago 17 NOV 2013 - 19:38 CET

Ángel Torres, herido en el tren Alvia a Ferrol, ante la Administración de Lotería de su familia. / GABRIEL TIZÓN

“El psicólogo me está ayudando porque hasta me da miedo montar en el ascensor. En cualquier cosa que se mueva a más de siete kilómetros por hora y que yo no controle. Además, las vueltas se me hacen muchísimo peores que las idas”. Cuando Ángel Torres, casado y con tres hijos, rompió cuatro vértebras, ocho costillas y la cadera, ahora atornillada por varias partes, en la curva de Angrois, venía de regreso a su casa de A Coruña. Como era festivo en Galicia, adelantó un día el viaje de vuelta que siempre hacía después de atender, durante la semana, su negocio en Madrid. En A Coruña, desde hace dos años, tiene otro: una administración de lotería, El Búho, que ahora (aunque él sigue de baja) vende lo nunca visto y atiende pedidos de toda España, "hasta de Canarias". Los clientes están seguros de que Torres, que dejó la silla de ruedas y ahora anda, y cojea, con sus muletas desde hace tres semanas, reparte suerte. Es la “estrella”, dice, que lo iluminó y lo salvó de la muerte el día del accidente. Una vez se impuso como terapia coger el tren de A Coruña a Santiago, a pesar de la “grima” que le da todo lo que tiene que ver con el escenario de la tragedia. A la ida lo llevó “bastante bien”: “había paradas; sabía que podía bajarme si me agobiaba”, cuenta. “Pero a la vuelta no las hubo. Lloré todo el camino como una magdalena”.

El en Clínico de Santiago, Torres era compañero de Antonio Casares, que perdió a su mujer en la curva de Angrois y él mismo murió a primeros de octubre, convirtiéndose en la víctima mortal número 80 de la tragedia en la que también hubo 146 heridos. Las historias personales son muy variadas, cuatro meses después del accidente: sigue habiendo heridos ingresados en varios hospitales de España; personas cuya dolorosa rehabilitación, a la que dedican el día entero, las mantendrá de baja más de un año; pacientes que no fueron bien operados los primeros días y vuelven al quirófano; familiares de difuntos que aún no han logrado cobrar (estancados en alguna exigencia del papeleo) el desfasado y ruin seguro obligatorio de accidentes; y muchos, muchísimos, que al ir recuperando la salud se les ha presentado de frente el mal que viene después, el síndrome postraumático. El jueves, unos 60 heridos y familiares de fallecidos volvieron a juntarse en un hotel de Santiago convocados por Apafas, una de las dos plataformas de afectados que nacieron con el siniestro. Allí, entre otras dramáticas historias, una mujer contó que tras el accidente ha quedado inválida de un brazo de por vida y ha perdido el empleo.

En la cita, hubo un “apoyo unánime al juez Aláez”, al que se intenta “desarmar” por “intereses políticos” y “órdenes que vienen de arriba”. El sentir con respecto al maquinista ha ido cambiando: nadie lo exime de responsabilidad, pero “uno no paga un billete tan caro para que su suerte dependa solo de un despiste”. Hay otros muchos “culpables”, defienden, y rechazan la desimputación masiva de los seis técnicos y los 21 directivos de Adif por parte de la Audiencia de A Coruña, “con una celeridad nunca vista”. “Así es como funciona este país. Se desarma al juez y se busca una cabeza débil que cortar, la del conductor, para eximir a los poderosos”, concluye Cristóbal González Rabadán, presidente de Apafas.

“El accidente va a estar siempre con nosotros, no es como la página de un libro que se puede arrancar, pero la injusticia que estamos viendo acrecienta el daño psicológico”, explica este militar retirado que luchó contra la piratería y la hambruna en Somalia pero nunca vio nada, dice, como lo de Angrois. Pedaleaba el Camino por la Vía de la Plata, pero hizo trampa para llegar la noche de los fuegos y montó en el tren de la muerte. Ahora cura con rehabilitación las lesiones en el cuerpo, pero el golpe de la cabeza, cerrado con 35 puntos en una operación de tres horas y media, le da problemas una y otra vez. “Tengo lapsus, la semana pasada me dijo el médico que volvía a haber hemorragias internas, y estoy sufriendo el síndrome postraumático”, reconoce Rabadán. “El psicólogo no me hace nada. El psiquiatra, al menos, me está ayudando a conciliar el sueño. Porque no puedo dormir. Es como si hubiese dos personas en mí. De día, con la familia, huele a sano en mi casa, pero de noche aparece el otro yo. Me levanto con sonidos e imágenes del accidente, de los muertos. Me hago preguntas y no encuentro respuestas”.

Cristóbal González Rabadán, minutos antes de subir al Alvia el 24 de julio, en Puebla de Sanabria.

Hace poco tiempo, a E., vecino de Madrid, se le empezó a poner la mano negra. La primera intervención en el brazo no salió bien. Pasó dos meses de médico en médico, sin que acertasen de lleno con el diagnóstico: “Tiene que ver con algún nervio, pero todo es confuso”. Ahora le han vuelto a operar, pero todavía no tiene claro qué es lo que le pasa, ni plena confianza en salvar la mano. “Parte de cero otra vez”, como si fuera la noche del 24 de julio. Él y otros tres miembros de su familia venían al entierro de un pariente muy cercano. Salieron vivos, pero lesionados. Pasan todos de 70 y el accidente, según un familiar, “les ha echado encima 20 años”. Se lamen las heridas mutuamente y no quieren ir al psicólogo. “Pertenecen a una generación que rechaza ese tipo de ayuda” pero no están bien.

La última herida en ser identificada, 14 horas después del accidente, gracias al lema (“Finisterre, 2012”) grabado en su alianza, empieza a moverse con muletas por su casa. La coruñesa Verónica Martínez, de 39 años, partió el húmero, una cervical y la cadera, y llevó tal golpe en la cabeza que le arrancó los dientes y la dejó en coma. Su estado llegó a ser tan crítico que cuando fue trasladada al hospital de Oza, en A Coruña, la incomunicaron por el riesgo de que las visitas le transmitieran algún virus. Ángel, su padre, cuenta que lleva “muy mal” la noticia de la desimputación masiva de la cúpula de Adif. “La justicia no es igual para todos, debe haber muchos imputados, incluso políticos”.

José Javier Sanz, vallisoletano de 42 años, fue la última víctima en despertar del coma, 19 días después. En septiembre fue trasladado al Clínico de su ciudad, y ahora sigue internado en la residencia de monjas Benito Menni, recuperando el lado derecho de su cuerpo, que quedó machacado. Según explica Ángel, su padre, permanece en este centro, especializado en geriatría y cuidados paliativos, porque necesita horas y horas de rehabilitación y recibe “muchas pastillas”. Como si se tratara de un escudo anti angustia, sus recuerdos se quedaron estacionados, con el freno puesto, en unos días antes del siniestro.

Lidia Sanmartín Novo.

Esta semana Lidia Sanmartín probó a apoyar el pie por primera vez. Le duele, y no puede tocar el suelo más que con la punta porque la pierna, hecha añicos en varias zonas, no logra formar un ángulo de 90 con el pie. Precisa la ayuda de su madre para todo, aunque ya logra ir sola al baño y es capaz de hacerse “un café en la máquina de cápsulas”. Luego se lo toma de pie, sin moverse, porque con las muletas no puede llevarse la taza a ninguna parte. Esta vecina de Barallobre (Fene) de 31 años partió seis costillas; sufrió hematomas en los dos pulmones, uno de ellos desgarrado por una de esas costillas; y en la pierna, por tantas partes rota, lo peor le tocó a la tibia.

En la vía dejó parte del hueso, piel y músculo que “habrá que esperar a ver si se regenera” mientras soporta los tirones de varios tornillos y un enorme clavo que le introdujeron por la caña de la tibia. En un año volverá al quirófano para sacarlo, y después podrá bailar. Las graves lesiones que sufrió truncaron las pasiones de esta cantareira: la gaita, la canción y el baile gallego. Ahora, con la caja torácica descolocada (“tengo las costillas en punta; tal cual quedaron, así soldaron”) ya vuelve a entonar piezas, pero los huesos siguen crujiendo: “En la cama oigo que hacen crac, crac. Impresiona mucho”, comenta Lidia, que intenta “pasar página” y no atender a noticias sobre el accidente: “Una vez, en la tele, vi la escena de mi rescate y se me saltaron las lágrimas”.

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